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Michaela no durmió bien. Cada vez que cerraba los ojos veía a la madre de Nick, una mujer que nunca conoció, desvaneciéndose lentamente bajo el peso del control de Ricardo. Y en sus pesadillas, tenía el rostro de Michaela.

A las seis de la mañana se rindió. Se duchó, se vistió, y bajó al gimnasio del hotel porque necesitaba golpear algo. La bolsa de boxeo funcionó bien por veinte minutos hasta que sus nudillos

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