Capitulo 104. La Mañana Siguiente
La primera luz del alba en Milán no era dorada, sino de un gris acerado que se filtraba por los inmensos ventanales del ático, proyectando sombras largas y afiladas sobre el suelo de mármol. El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido lejano de la ciudad despertando y el sonido de dos respiraciones acompasadas.
Isabela abrió los ojos y lo primero que sintió fue el peso. No el peso de sus problemas, sino el peso físico y cálido del brazo de Alessandro rodeando su cintura. Se habían quedad