Desde que mamá empeoró, la casa olía más a eucalipto y menos a café.
Y eso, para mí, era la señal de que el apocalipsis emocional estaba a la vuelta de la esquina.
Había pasado semanas intentando equilibrar mi vida secreta como escritora de romance mafioso con toques de bondage emocional, y mi otra vida, la de hija ejemplar que lleva sopita y facturas médicas. Spoiler: estaba fracasando en ambas.
Pero el universo, que tiene el mismo humor cruel que una ex que te ve feliz, decidió que era momen