La sensación de nerviosismo que me consumía desde que conocí a Michele Nicaso me hacía temblar por dentro. No entendía por qué Don Salvatore había invitado a Michele a la Toscana y, lo que era peor, por qué parecía deleitarse con la incomodidad que su presencia causaba. La mafia italiana era un juego de intrigas, traiciones y rivalidades, y yo me sentía perdida en medio de todo aquello.
Cuando entré en el salón de la mansión, me alivió ver que estaba vacío. La soledad del lugar era casi reconfo