Bonis, que había caminado solo, detrás de doña Celestina, cuidando de
que el pañuelo que cubría el rostro de Antonio, dormido, no se deslizara
al suelo, no había tenido tiempo, mientras iba por las calles, para
sentir la ternura grave y poética propia del caso; más bien recordaba
después haber experimentado así como un poco de sonrojo ante las miradas
curiosas y frías, casi insolentes y como algo burlonas, del público
indiferente y distraído. Pero al atravesar el umbral de la casa de Dios,
y de