—¡Dulce diosa de la luna! —exclama frustrado Alfa Ace cuando llega a la puerta de sus aposentos. Mia está allí y no sabe si debería abordar ese tema cuando entre o si debería dejarlo así.
Es cierto que lo decepciona que le haya mentido, pero no le vendrá mal escuchar lo que tiene que decir sobre el asunto.
Extiende la mano hacia delante y abre la puerta con un crujido. Mira hacia el dormitorio, y cuando ve a Mia acostada en la cama, quizá dormida, su corazón se acelera un poco. Puede percibir e