*Capítulo 33:
ALESSIA
La marca negra en mi muñeca no se quedó quieta una vez que las luces volvieron, sino que se movió como tinta goteando en agua, lenta y deliberada, extendiéndose por mi antebrazo en líneas delgadas y ramificadas que parecían casi venas. Cada pocos minutos palpitaba con un dolor sordo que no solo me dolía a mí, sino que resonaba a través del vínculo, de modo que sentía a los trillizos estremecerse al mismo tiempo que yo, como si el pacto hubiera encontrado la forma de atar