El puño de Xavier se estrelló contra la pesada mesa de roble con una fuerza brutal. La madera crujió con estrépito. Las tazas se hicieron añicos. El café se derramó como sangre por toda la superficie.
—¡No la tocarás! —rugió, con la voz quebrada.
—¡Es mía! —Robbins chasqueó la lengua—. Mi enfermera le está curando las heridas ahora mismo. Vaya, Xavier… ¿eres un animal salvaje? La chica está llena de chupetones. Anoche te desataste con ella, ¿verdad? —Se rió con crueldad.
—Supongo que esa fue la