Xavier conducía como un poseso, con las coordenadas grabadas a fuego en su mente; apretaba con fuerza el volante mientras pisaba a fondo el acelerador.
Tras treinta minutos de viaje, Xavier llegó al viejo almacén abandonado a las afueras de Puerto Estrella.
Sin refuerzos. Sin armas, salvo la pistola que rara vez llevaba consigo. Solo él y la necesidad desesperada y obsesiva de salvar a la mujer que lo había destrozado y reconstruido. Xavier miró a su alrededor; el edificio solo tenía dos entrad