Todo el cuerpo de Damon se quedó paralizado, salvo por un ligero temblor en los dedos. Sus ojos se abrían cada vez más con cada segundo que pasaba. Ravina se percató de la expresión de su marido y se acercó a él.
—Oye, ¿estás bien? —le preguntó, colocándole una mano en el hombro. Damon abrió la boca para hablar, pero no encontraba las palabras, así que le pasó el papel a Ravina. Un ceño fruncido se dibujó en su rostro mientras ojeaba el contenido del papel.
Su mirada se posó en la conclusión de