—Hola.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo... un dolorcillo de tripa.
Lo solté rápido, sin pensar. Arqueó una ceja y noté cómo me ardían las mejillas.
—¿Dolor de tripa?
—Sí. Cosas de chicas, nada del otro mundo.
Sonrió, con una sonrisa que demostraba que no se lo creía, pero que no iba a hurgar más.
—No tienes por qué pasar vergüenza, mi amor. Es lo más normal del mundo.
—Ya lo sé.
—¿Y por qué has salido antes de currar?
—He terminado lo que tenía que hacer y he decidido venirme. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
—M