El despertador aún no había sonado.
En realidad, faltaba bastante para que sonara. Pero mis ojos se abrieron en la oscuridad absoluta de la habitación, pegados al techo como si pudieran ver a través de la pintura.
4:38.
El reloj digital del móvil-ladrillo de Paulo emitía un brillo rojo fantasmal.
Intenté cerrar los ojos, forzar el sueño. Pero la ansiedad era un animal vivo, royendo mis entrañas.
Mi respiración se volvía corta y los pensamientos giraban en un carrusel sin fin: el móvil aplastad