Había una cierta desesperanza en su voz. Estaba siendo presionado por el mismo lado que yo, solo que de una forma distinta. Era el hijo que todavía intentaba agradar, que vivía bajo el yugo.
Un silencio pesado se instaló en la línea. Miré a través de la pared de cristal de mi despacho, hacia la ciudad gris. Tres horas. He sobrevivido a cenas peores.
— Vale. — la palabra salió arrastrada. — Iré.
— ¿En serio? ¡Genial! — el alivio en su voz era evidente. — No te vas a arrepentir. Va a ser súper el