Llegó el invierno, y Adhara vivía en medio de la selva, se había construido su ruca en lo alto de unos árboles para protegerse de los animales. Había pasado casi un mes.
Pese a estar muy lejos de Ultha, seguía pensando en él a diario, en lo que estaría haciendo, si estaba con Otilhia, si estaba bien o mal, recordaba sus días con él, sus abrazos y sus besos, pero él quería que fuera libre, y allí estaba ella, sola, que más libertad que aquella.
En la tribu de los Wulka se preparaban para cenar.