Todo el día siguiente se arrastró como arena en mis zapatos. No conseguía quedarme quieta, caminaba de un lado a otro por la cabaña, cogía la cámara y la volvía a dejar. Cada vez que me sentaba y cruzaba las piernas, el dolor se avivaba… profundo, dulce, un pulso ardiente que me recordaba exactamente cómo Calder me había abierto, cómo me había llenado hasta que mis pulmones olvidaron cómo tomar aire. Mi cuello aún vibraba donde sus dientes habían arrastrado; no era un mordisco real, solo medias