Juro que esta noche el apartamento olía a él: la misma colonia de cedro, el mismo leve rastro del bolso del gimnasio que nunca desempaca de inmediato.
Por eso no cuestioné nada cuando entré al dormitorio a la 1:37 de la madrugada y lo encontré bajo las sábanas, sin camiseta, con un brazo arrojado sobre los ojos como si me estuviera esperando.
La habitación tenía apenas el brillo suficiente para ver el subir y bajar de su pecho, la familiar forma de V que se perdía en sus bóxers, y su bulto ya v