Detestaba que pudiera sacarme de un estado de pánico, ansiedad de manera tan rápida y efectiva. Pero hace unos minutos sentí que me moriría. Y no quiero morir, a pesar de todo deseo ser feliz. Pegué mi cabeza en su pecho y el bombeo de su corazón me calmó aún más.
No podía depender de nadie, pero en este instante necesitaba de su bote salvavidas. Rodeó mi cuerpo con sus brazos. Y me atreví a hacer lo mismo.
—Gracias. —Me abrazó con más fuerzas.
—Hago mi trabajo. —Se acabó el encanto.
Puse dista