Salomé se había desplomado, alcancé a cargarla, —cuando la tenía en mis brazos su fragancia penetró mis fosas nasales, olía a canela—. La bebida de chocolate que tenía en sus manos se derramó en el piso. Estaba fría, pedí ayuda mientras Álvaro se llevaba a un hombre inconsciente. Un doctor que ya había visto en estos días cuidándola se nos acercó con una camilla. La puse encima, mientras la revisaban.
—¿Sabes si toma algún medicamento?
—No tengo idea. Parece ser una crisis nerviosa. El hombre q