La luz de la mañana sobre Nueva York tiene una claridad casi insultante, como si intentara iluminar los rincones que la familia Evans se ha esforzado por mantener en sombras durante décadas.
Conducir por estas calles siempre me genera náuseas y fascinación. Los Evans no son solo una familia; son una institución de prestigio, una marca registrada de elegancia y secretos enterrados bajo capas de seda y mármol. Mi imaginación siempre se había quedado corta frente a la realidad de lo que significa