La luz de la mañana sobre Nueva York tiene una claridad casi insultante, como si intentara iluminar los rincones que la familia Evans se ha esforzado por mantener en sombras durante décadas.
Conducir por estas calles siempre me genera náuseas y fascinación. Los Evans no son solo una familia; son una institución de prestigio, una marca registrada de elegancia y secretos enterrados bajo capas de seda y mármol. Mi imaginación siempre se había quedado corta frente a la realidad de lo que significa portar este apellido.
Cuando finalmente las ruedas de mi auto chirriaron sobre la grava del sendero principal, me detuve a observar la mansión. Ahí estaba: imponente, fría, una fortaleza de ladrillo que guardaba los ecos de mi propia vida. Al bajar del coche, el aire me trajo recuerdos que no pedí: el sonido de las risas de mis hermanas corriendo por el césped perfectamente podado y la voz estridente de Grace Anderson, mi prima, esa presencia intratable que siempre lograba sacar lo peor de mí.