Capítulo 4: El juego del poder

★ NICOLÁS

—¿No tienes nada? ¿Ni un maldito rastro de Andrea? —Solté las palabras como si fueran ácido, sintiendo cómo la piel de mis nudillos se tensaba mientras apretaba los puños.

El investigador ni siquiera se inmutó. Tenía esa cara de burócrata aburrido que me daban ganas de estampar contra el escritorio. Se acomodó las gafas con un dedo.

—Lamento informarle, señor Evans, que la señorita Collins parece haberse esfumado. No hay registros de salida del país ni actividad en sus cuentas —respondió con esa voz monótona, carente de cualquier rastro de empatía—. Sin embargo, hay un detalle. Logramos confirmar que se reunió con su padre hace apenas unos días.

Lo observé con un desprecio que no me molesté en ocultar. ¿Eso era todo? ¿Esa era la gran revelación por la que le pagaba una fortuna? El tipo siguió hablando, perdiéndose en una verborrea de trivialidades irrelevantes: los lugares donde solía comprar café, la marca de perfume que usaba, gestos exagerados que intentaban dar importancia a un trabajo mediocre.

Me preguntaba cómo era posible que un hombre dedicara su vida a recolectar basura que no me interesaba en lo más mínimo. Solo quería saber dónde estaba ella. Lo demás era ruido.

—Lárgate —le interrumpí, cortando su discurso a la mitad.

No esperó a que lo repitiera. Recogió sus papeles y salió de mi vista. Casi de inmediato, la puerta volvió a abrirse y apareció Gerald. Mi asistente personal era la antítesis del investigador: eficiente, silencioso y siempre con esa expresión de amabilidad ensayada que escondía a un hombre capaz de limpiar sangre sin parpadear.

—Hemos cumplido con lo solicitado, Evans —dijo, inclinando la cabeza en ese gesto de sumisión que, lejos de agradarme, siempre me resultaba un recordatorio de lo mucho que me fastidiaba su presencia.

—¿Evans? —mascullé. Mi apellido en su boca, acompañado de ese tono protector, me revolvía el estómago—. Te he dicho mil veces que odio que uses mi apellido así. ¿Acaso no entiendes quién está por encima de quién en esta habitación? ¿O es que tu cerebro ha decidido dejar de funcionar hoy?

Gerald no respondió, pero noté el ligero temblor en sus manos.

—Si vuelves a llamarme "joven Evans" o usas ese tono condescendiente conmigo, te aseguro que este abrecartas atravesará tu cráneo antes de que puedas pedir perdón —lo interrumpí.

No fue una amenaza vacía. Lancé el objeto de plata con un movimiento. El acero silbó en el aire, pasando a milímetros de su oreja. No se movió. El abrecartas se clavó en la pared de madera noble detrás de él con un golpe sordo, dejando un agujero que arruinaba la estética de la oficina. Gerald ni siquiera parpadeó, aunque su respiración se volvió más pesada.

—Lo siento... señor Nick —balbuceó, bajando la vista para evitar mi mirada—. La deuda del señor Rubalcaba ha sido cobrada, tal como solicitaste. Lo hemos eliminado.

Un calor satisfactorio recorrió mi pecho. Rubalcaba había sido un grano en el trasero durante meses. Sus promesas de pago eran tan vacías como su talento para el juego. Finalmente, el mundo era un poco más limpio sin él.

—¿Y quién va a responder por lo que ese muerto me debe? —pregunté.

Podía sentir la ansiedad vibrando en mi propia voz. Entorné los ojos, esperando que Gerald tuviera una respuesta que me complaciera.

—Su hija —respondió él, recuperando la compostura—. Pero mejor hablemos de los detalles en el camino.

Salimos de la sede de mi empresa.

Caminamos a paso apresurado hacia el estacionamiento subterráneo. Gerald me seguía como una sombra nerviosa, aferrando una carpeta contra su pecho.

Subimos a mi coche. El motor rugió, en un sonido gutural que era música para mis oídos. Gerald se acomodó en el asiento del copiloto mientras yo ponía el vehículo en marcha. No conduje, cacé. Salí a la calle despreciando cualquier norma de tránsito. El asfalto era mío. Esquivé autos con maniobras que habrían hecho palidecer a un piloto profesional, y cuando alguien se interponía en mi camino, simplemente aceleraba. Arrollar la tranquilidad de los demás era un derecho que me había ganado.

La velocidad era mi droga. La ley, para mí, era solo una sugerencia para los pobres. Todo en esta vida tiene un precio, y yo tenía la chequera necesaria para comprar el silencio de cualquier juez.

Llegamos a mi joya de la corona: el casino. No era solo un negocio; era mi templo. Un edificio colosal donde el neón y el lujo se daban la mano. Aquí, yo era dios. Las apuestas legales mantenían las apariencias, pero eran las ilegales las que alimentaban el verdadero imperio.

Mujeres hermosas, vestidas con sedas que apenas cubrían sus cuerpos, paseaban entre las mesas de ruleta. El sonido de las fichas chocando entre sí era el latido de aquel lugar.

—Bajemos —ordené.

Descendimos al sótano. El ambiente cambió drásticamente. El aire era más frío, llenó de sudor y sangre. En el centro del gran salón subterráneo, una arena de combate se alzaba rodeada de hombres que gritaban apuestas frenéticas. Dos tipos se estaban matando a golpes en el ring, en una danza brutal de violencia pura.

Gerald me entregó la carpeta mientras observábamos el combate.

—La familia Rubalcaba —dijo Gerald con frialdad—. La hija, Eva Rubalcaba, es quien se hará cargo. Ya me encargué de "visitarla" para que entienda la gravedad del asunto. Pero tenemos un problema adicional.

Abrí la carpeta. Las páginas estaban llenas de datos que me resultaban patéticos. Una familia disfuncional. Un abuelo que no podía levantarse de una silla, una madre que se ahogaba en resentimiento y una hija que apenas acababa de cumplir los dieciocho, una criatura insignificante que probablemente nunca había visto un millón de dólares en su vida.

—Mátalos a todos —dije, cerrando la carpeta con desdén—. No tengo tiempo para juegos de guardería. No voy a esperar a que una niñita me pague millones que su padre, un adicto profesional, no pudo conseguir. Hazlo hoy mismo.

Gerald dudó un segundo, bajando la mirada.

—Entendido, señor. Pero hay algo más: el oficial Lewis, el que nos ayuda con los traslados al prado... se está poniendo difícil. Quiere más dinero. Dice que si no aumentamos su "bono", hablará con sus superiores.

La ira explotó en mi interior como una granada. ¿Ese cerdo uniformado se atrevía a extorsionarme? ¿A mí? La traición era el único pecado que no perdonaba. Le había pagado lo suficiente para comprar su alma diez veces.

Miré hacia el ring. Uno de los luchadores acababa de caer con la mandíbula destrozada.

—Esta pelea es una basura —mascullé—. Necesito carne nueva, gente con verdadero talento. Esto se ha vuelto aburrido.

—Señor, sobre Lewis... —insistió Gerald—, está aquí abajo. Encerrado, esperando una respuesta.

Una sonrisa lenta y siniestra se dibujó en mi rostro. No había nada que me gustara más que dar una lección personalmente.

—Sube a ese cerdo a la arena. Dile que le voy a entregar su pago personalmente. Cara a cara.

Gerald asintió, visiblemente aliviado de no ser él quien recibiera mi furia, y se retiró. Me quedé solo un momento, observando el foso de pelea. Nadie me desobedece. Este mundo me pertenece, y los que creen que pueden jugar conmigo terminan bajo tierra.

Minutos después, Lewis entró en el ring. Era un hombre corpulento, una masa de músculos y prepotencia envuelta en un uniforme que ya no significaba nada. Su presencia contrastaba con mi elegancia. Yo vestía un traje a medida, hecho de la lana más fina.

Con una parsimonia insultante, me quité el saco. Desabotoné los puños de mi camisa y los primeros botones del cuello, dejando que mis movimientos proyectaran una calma letal. Colgué la prenda en las cuerdas y subí al ring con la seguridad de un depredador entrando en su territorio.

El público, al reconocer quién subía, estalló en un rugido ensordecedor. La atmósfera estaba eléctrica.

Lewis me dedicó una sonrisa llena de soberbia. Creía que su tamaño le daba ventaja. Lanzó un golpe directo, pesado y previsible. Lo esquivé con un movimiento mínimo, casi aburrido.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, cerré el puño y lo estrellé contra su mandíbula. El impacto vibró hasta mi hombro. Lewis cayó de espaldas, golpeando la lona con un estruendo.

—¿Es esto lo mejor que produce la academia de policía? —me burlé, soltando una carcajada que resonó en todo el sótano. Mi ego se inflaba con cada uno de sus gemidos.

Él intentó levantarse, escupiendo sangre.

—Hice lo que pediste... —gruñó, mirándome con odio—. Quiero mi dinero o el mundo entero sabrá quién es Nicolás Evans. ¡Eres un criminal! ¡Un maldito criminal!

Sus amenazas eran música para mis oídos. En este submundo, ser un criminal era simplemente ser el que tiene el control.

Me acerqué a él antes de que terminara de hablar. Lo agarré por el cuello y lo arrastré hacia las cuerdas. Con una fuerza que nacía de mi desprecio, apoyé su nuca contra la cuerda superior y presioné hacia abajo. Lewis luchaba, sus manos arañaban mis brazos, sus ojos se salían de las órbitas mientras intentaba buscar aire. El rostro se le puso morado, era una máscara de angustia pura.

Presioné más fuerte. Sus movimientos se volvieron espasmódicos, luego débiles, hasta que finalmente sus manos cayeron inertes a los costados. Me soltó. Estaba muerto.

Fue una muerte rápida. Demasiado rápida. Ni siquiera me dio la satisfacción de un verdadero desafío. Fue aburrida, tediosa, como todo lo demás en este maldito día.

Bajé del ring sin mirar el cadáver. Me puse el saco y caminé hacia el elevador privado que me llevaría a mi oficina en el último piso del casino. Necesitaba silencio.

Una vez arriba, me serví un trago y me acerqué al ventanal. Mis ojos escudriñaron el piso del casino a través de los monitores de seguridad y los ventanales internos. Buscaba algo, cualquier cosa que me hiciera sentir vivo. Y entonces, la vi.

Una figura entre la multitud. Un perfil que reconocería en el mismísimo infierno.

—¡Andrea! —pronuncié su nombre en un susurro que me quemó la garganta.

Salí corriendo de la oficina, ignorando a los guardias, decidido a atraparla, a enfrentarla, a entender qué demonios estaba haciendo en mi casino después de desaparecer.

Pero cuando llegué al lugar donde la había visto, no había nada. Busqué entre las mesas, entre la gente, con el corazón martilleando en mis oídos. La mujer se había esfumado como una sombra que se burlaba de mí.

Regresé a la sala de seguridad, desesperado. Hice que rebobinaran las cámaras una y otra vez. Miré cada rostro. Nada. No estaba en las grabaciones. Mi propia mente me estaba traicionando, alimentando una paranoia que empezaba a rozar el delirio.

Mi cabeza era un caos de pensamientos. Las palabras del investigador volvieron a mi mente: Andrea se reunió con tu padre.

Esa revelación me quemaba. Necesitaba respuestas. Necesitaba confrontar al hombre que me había dado la vida y luego se había convertido en una sombra ausente por diez años. El idiota irresponsable que compartía mi sangre tenía las claves de lo que estaba pasando.

Tras un debate interno que casi me vuelve loco, tomé la decisión. Iría a buscarlo. Después de una década de silencio, era hora de recordarle quién era el verdadero dueño del mundo ahora.

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