—¡De ninguna manera mi nieto va a convivir con esa gente! —exclamó el señor Acosta, con su cara regordeta roja por el coraje—. Son unos vándalos, unos delincuentes.
Ariadna tomó aire, apretó los labios; sus ojos llorosos denotaban lo dolorosas que resultaban para ella las palabras de sus padres.
—Queda prohibido que esa familia se acerque aquí. Y si no hacen caso, llamaré a la policía. ¡Qué digo!, si esos son expertos en sobornar a la ley.
—Es mi hijo, ellos también son su familia —les dijo