El agua caía a chorros desde el grifo. Ariadna, con un nudo en el estómago, se lavaba las manos en el baño de su recámara. La sangre seca de Nathan quedó atrapada debajo de sus uñas. El olor metálico se grabó en su memoria, como un vídeo que se reproduce sin tener fin.
«Ese hombre es un demente. ¿Por qué no llamó a la policía y me largo de aquí?», se cuestionaba, con su mente atrapada en una telaraña de dudas y temores.
A los pocos minutos salió del baño solo para encontrarse con peores notici