Ariadna se sentó en una esquina del comedor, con la finalidad de evitar las preguntas personales que le hacían sus padres.
—¿Estás segura de que no te sientes mal? —Su papá se levantó de su asiento, se acercó a Ariadna y, con un toque suave, le colocó la mano en la frente para descartar fiebre—. Si tu relación con ese hombre va mal, no dudes en decírnoslo.
—Nathan —corrigió Ariadna sin darle importancia.
—Sé su nombre —dijo el señor Acosta, y volvió a su silla, mientras su estómago ganaba vol