Ariadna abrió los ojos. Desde hace un tiempo, la pesadilla se había convertido en su dura realidad.
«Ojalá pudiera dormir para siempre», pensó mientras se incorporaba de la cama, deshaciéndose del pijama con movimientos rígidos y mecánicos. Ese día iba a visitar a sus padres. No deseaba ver el rostro de su mamá; pero en esa casa se sentía intoxicada.
Cuando las gotas de la regadera masajearon su piel, Ariadna se dio cuenta de que, una vez más, sus sentimientos se pausaron. El miedo, el dolor