Las cortinas blancas se movían al ritmo del viento.
En el cuarto resonaban los gemidos de una joven mujer.
Las manos masculinas de su acompañante le sostenían con fuerza por la cadera.
Ella entre suspiros no paraba de repetir el nombre de su amado. Se deleitaba con sus movimientos firmes y constantes. Perfectos.
Mientras que el joven luchaba contra sus propios demonios.
Cuando llegó al clímax los vellos de sus brazos y nuca se erizaron.
—Ari… —se quedó en completo silencio, pues se