Jennifer sentada en el sofá de la sala, esperaba con paciencia la llegada del señor. Así, cuando la puerta se abrió, se levantó y lo saludó con entusiasmo.
—No tienes que esperarme despierta, ya no soy un crío —le dijo Nathan, su mirada se posó en los ojos hinchados de Jennifer.
Ella se aclaró la garganta y alegó que esas eran los efectos secundarios de haberlo cuidado desde muy joven. Nathan le sonrió de lado. Jennifer recordó por qué lo había esperado, y sin preámbulos le contó un mensaje