Al encontrarse, se besaron con ímpetu, como si el mañana no existiera. Entre jadeos y una lucha de lenguas y saliva, Nathan se dejó caer en el sofá.
Ariadna se puso encima de él sin titubear. Él la sostuvo por las caderas, mientras sus labios continuaban con un beso desesperado.
—No hagamos mucho ruido —susurró al separarse para recobrar el aliento.
—¿Qué? —El entrecejo de Nathan se frunció un poco, ya que no entendió a lo que se refería.
Ariadna desvió la mirada con las mejillas encendidas. ¿A