Habló con su psiquiatra al día siguiente. Con urgencia, casi que con desesperación.
—Está sucediendo —le dijo a través de una videollamada; sus manos temblaban ansiosamente sobre su regazo ante la posibilidad de estar cayendo nuevamente en la obsesión—. Estoy imaginando cosas de nuevo, doctor. Debe subirme la dosis de los medicamentos o quizás mandarme otros, unos más fuertes.
—Kiara, cálmate —respondió el hombre, preocupándose por su tono. Le había estado mandando mensajes desde anoche—. ¿Qué