La pesada puerta de madera se había cerrado tras de mí con un golpe sordo, y ahora el sonido del cerrojo de hierro deslizándose en su sitio se sentía como una sentencia de muerte. Estaba atrapada.
El aire dentro de aquel lugar era denso y caluroso; olía a sangre seca, salvia quemada y algo dulce y putrefacto. Me hizo estremecer.
Unas cuantas velas parpadeaban en el suelo de piedra, proyectando sombras largas y danzantes contra las paredes. La luz parecía débil frente a la oscuridad.
No podía v