Cuando aterrizaron en Rusia, Sibel se frenó antes de entrar al auto, donde Iván le abrió la puerta esperando que ella se subiera.
—¿Iremos a la mansión de tu abuela? —preguntó de pronto.
—No es de ella…
—De igual forma… creo que no querer ir allí. Sé que me odian, pero tu abuela es otro asunto, y no quiero que me culpes de provocarle un infarto… —Iván la instó a que entrara al auto, y cuando se sentaron, negó.
—Vamos a la suite…
—¡Oh, la suite…! ¡Qué recuerdos…! —Sibel bromeó, ya era su escudo