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—Hola, preciosa.

—Hola, Candy, no entres a la oficina sin tocar, mi jefecito vino de un humor tan bonito.

—Va a empeorar cuando le diga que, agrego puntos suspensivos a mi oración.

—Qué dramática—. Mientras enviaba correos y veía cotizaciones, siempre deseaba estar por un paso delante de los que su ogro jefe le pedía; tenía una misión: ser indispensable hasta ser notada.

—Que su padre quiere que apoyes a su hijo mayor unos días mientras llega la nueva asistente, es que ya terminaron su oficina.
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