—¿Está bien? —seguía preguntándome, en voz baja, con un tono suave y seductor.
Sentía que todo mi cuerpo ardía.
Yo murmuré:
—No.
Sin embargo, Mateo no se rindió. Su voz se volvió aun más baja, cálida, envolvente.
Él me susurraba una y otra vez.
Su tono ronco parecía tener un poder hipnótico, y me fue llevando poco a poco a desabrocharle el cinturón y luego...
—Muy bien, Aurora... sí, así... —su voz sonaba cargada de deseo.
Yo veía la habitación borrosa.
Yo, confundida, casi no sabía lo que hacía