Mateo fue rápido y en poco tiempo ya había lavado los platos y dejado la cocina completamente limpia.
Se secó las manos con una toalla y salió de la cocina.
No pude evitar preguntarle:
—¿Cómo sabes cocinar tan bien? ¿Dónde aprendiste?
Él levantó la vista y me miró, respondiendo con calma:
—Cuando era pequeño, a veces no tenía quien me cuidara, así que poco a poco aprendí a hacer de todo.
Aunque dijo estas palabras de manera tan tranquila, sentí una punzada de tristeza en mi corazón.