Mateo seguía sin devolverme la llamada, y mi preocupación crecía con cada minuto.
Justo cuando ya no aguantaba más los nervios, por fin me llamó.
De inmediato, fui hacia la ventana para contestar, pero vi una figura conocida allá abajo.
Sentí la cara tensa por la sorpresa.
Mi mamá también había venido al hospital.
¿No que iba a salir con sus amigas?
—Aurorita... —escuché la voz de Mateo, algo cansada.
—Perdón, pasó algo con mi mamá, hoy no podré acompañarte.
Sentí algo en el pecho.
—¿Qué le pasó