La casa estaba iluminada, pero en silencio, lo que me confirmó que Mateo ya se había ido.
Sentí una alegría tan grande que casi salté de la cama.
Después de todo lo que pasó anoche, apenas tenía fuerzas al poner los pies en el suelo. Todo me dolía, como si me hubieran desarmado el cuerpo.
Me quedé un rato apoyada en la pared de vidrio hasta recuperar el aliento y caminé despacio hasta la sala.
La maleta que había dejado lista seguía en la esquina.
Solo tenía que lavarme la cara y cepillarme los