—¡Estás loco! —le grité, después de que soltara mi mano de un tirón y casi me tumbara al piso.
—¿En qué momento he cocinado por amor, dime? ¡Fuiste tú el que se inventó esa tontería de querer comer lo que le cociné a Javier y me obligaste a hacerlo! ¡Y encima, me quemo y ni una palabra de consuelo! ¿De verdad también tienes que burlarte?
—Ja —se rio al instante, con esa voz molesta—. O sea que para Javier cocinas feliz, pero hacerlo para mí es un castigo, ¿verdad?
Blanqueé los ojos, ya cansada.