Dicho eso, la señorita Renata se dispuso a marcharse con sus guardaespaldas.
Pero Ricardo permaneció en su sitio, sin intención alguna de irse.
La señorita Renata arrugó la frente; en sus ojos apareció al instante un destello de celos.
De pronto, volvió a mirar con dureza a la señorita Alma, y enseguida se aferró al brazo de Ricardo con un gesto coqueto.
—Vámonos, volvamos a casa.
Ricardo le dio unas suaves palmadas en el dorso de la mano, indicándole que esperara.
Luego miró a la señorita Alma