Sentí un sobresalto en el pecho y enseguida contuve mi mirada furtiva; aproveché para acurrucarme un poco más en los brazos de "Darío", fingiendo incomodidad bajo su observación.
La señorita Alma dejó escapar una ligera risa y volvió a sentarse en la silla frente a nosotros.
Con los brazos cruzados y una postura relajada, dejaba que su mirada flotara entre "Darío" y yo; en sus ojos aparecía, de vez en cuando, un claro desdén.
Henry se plantó detrás de ella, resoplando, y dijo:
—Señorita Alma, es