A esa hora, el castillo del señor Pedro estaba en silencio. El enorme patio no tenía a nadie, pero en el interior todo estaba iluminado.
Dos guardias me llevaron directamente a su despacho.
Apenas entré, vi a Mateo, que había llegado antes.
En ese momento no llevaba máscara. Estaba sentado a un lado, ligeramente serio.
Cuando me vio, sus ojos se iluminaron un poco y me hizo un gesto para que me acercara.
Apenas di un paso, me tomó de la mano y me sentó a su lado, envolviendo mis dedos con los su