Los ojos de Mateo se estremecieron levemente, y su nuez volvió a moverse.
No dijo nada, solo me miró fijamente.
Lo rodeé por la cintura y le hablé con seriedad:
—Mira, tú cocinas mejor que nadie. Siempre que quiero comer algo, lo recuerdas y buscas mil maneras de prepararlo para mí.
Mientras hablaba, levanté la mano y acaricié su antebrazo, recorriendo con la yema de los dedos las líneas firmes de sus músculos, susurrando:
—Y tus manos… también son más fuertes que las de cualquiera. Cada vez q