También era lógico: salvo todo lo relacionado con Ricardo, temía que nadie más lograra llamar su atención.
Entonces volvió a dirigir su mirada hacia la señorita Alma, que estaba a un lado observando la escena como si fuera un espectáculo.
Le dedicó una sonrisa cargada de burla y orgullo.
—Alma, ¿no crees que ciertos idiotas resultan bastante patéticos? Ya los han traicionado y aun así siguen protegiendo a la misma persona.
“Darío” arrugó sus cejas y, con fastidio, le gritó a la señorita Renata: