Darío parecía brutal, pero sus dedos esquivaron con destreza mi cuero cabelludo y apenas rozaron las puntas de mi cabello.
Entonces aproveché el movimiento para encogerme, con los hombros temblando un poco, como si su rudeza me hubiera asustado de verdad. Sin embargo, en mi interior surgió una tibia sensación de alivio.
Mateo, aunque en palabras insultaba sin piedad y con groserías, cuando actuaba no se había olvidado en absoluto de protegerme. Así que, por ahora, decidí perdonarle este "abuso"