Ahora sí lo entendía. La señorita Alma no permitía que nadie interrumpiera un tema que le interesaba. Miró a Jeison y le dijo:
—Continúa.
Lo miré fijamente; quería oír hasta dónde era capaz de inventar. Jeison bajó la cabeza con tristeza; los nudillos se le veían pálidos de tanto apretar los puños, y se le notaba una voz entrecortada, casi imposible de disimular.
Por dentro, me burlé con amargura: otro actor digno de un premio acababa de nacer.
Entonces Jeison empezó a hablar:
—Mi hermano y yo é