—Mateo... —lo miré y mi voz salió muy débil; no pude evitarlo.
Él me apretó más la cintura, como si quisiera sentirme hasta los huesos.
—¿No deberías estar contenta si te vas a casar con el amor de tu vida? ¿Por qué lloras? —me preguntó, sin parar de mirarme fijamente.
—No estoy llorando —respiré hondo—. ¿Tú no ibas a casarte con esa tal Indira? ¿Para qué me llamaste entonces?
Los ojos oscuros de Mateo brillaron; había algo muy complejo en ellos.
—¿Estás buscando a Bruno, verdad?
Me quedé impac