Apenas entramos, Mateo me empujó contra la puerta y me besó con voracidad.
Sus manos pasearon por mi cintura, con una intensidad que me dejó mareada, como si mi mente estuviera flotando en las nubes.
De repente, se inclinó hacia mi oído, rio, y entre murmureos preguntó:
—¿Te vestiste así de sexy para que alguien especial te viera?
Guardé silencio, sin responder.
Me llevó a la cama, y como un león, jalo mi vestido. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de rabia y deseo.
—¿Sabías que él l