Los días que siguieron al regreso de Zachary al colegio se asentaron en una rutina tensa y dolorosa. Cada mañana, Eliana lo esperaba en la puerta de su casa. Después de la humillación del primer día, había cambiado de táctica. Ya no había sonrisas brillantes ni exigencias desesperadas. Ahora lo saludaba con una fragilidad que a Zach le resultaba casi peor.
- Hola, Zachy. - le dijo esa mañana, encogiéndose bajo su suéter a pesar de que no hacía frío. - ¿Dormiste bien?
- Supongo. - respondió él