Al día siguiente de la llegada de Samuel, Alía y Olga estaban muy impacientes cada una a la distancia y se preguntaba si lo que estaban haciendo era lo correcto. Alía no se dejaba de preguntar y en qué ella misma sabía que no había necesidad de una prueba de ADN, pues tanto el padre como el hijo eran dos gotas de agua, palabra de la chica, ya que la señora Olga le mostró la foto de su difunto esposo, la foto era la del día que los dos viajaron a su país y es que se veían tan felices y esa sonri