XLVI

Pero en este momento no estoy dispuesta a protestar.

No cuando sus dedos se apoderaron de mi pezón acariciándolo como un maestro de la seducción.

Con curiosidad abrí mis ojos para echarle un vistazo a su glorioso cuerpo, no obstante, su mirada ardiente me paralizó.

Ya no siento el suelo porque me ha cargado ocasionando que amarre mis piernas a su cintura, no hay nada en mis pensamientos cuando me está besando con tal alevosía.

Mis manos se dirigen hacia su cuello aferrándome a este como si mi v
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