Guardé en el nochero los dibujos de mi hijo. Al bajar las escaleras Regina salía de la mano de Gustavo, fue evidente lo mucho que lloró. Al mirarnos supimos que las dos habíamos llorado.
—Gracias, deberías darte una oportunidad tú también. —No dije nada solo sonreí.
—Gracias, Maju. Gracias por estar ahí para Regina. —Gustavo me abrazó.
—¿Se arreglaron? ¿Volverán? —Regina me mostró su mano izquierda y en ella tenía un anillo de compromiso—. ¡Felicidades!
Qué alegría, ahora solo me quedaba Sant