El teléfono de la oficina me sacó de mis pensamientos y de esa sensación de dolor, de impotencia. Dios por favor, que no le pase nada, soy el culpable, castígame a mí, no a ella.
—Dime Teresa.
—Señor, tiene una llamada un tanto extraña.
—Pásamela. —El corazón latió a mil. Puede que sea David—. Diga.
—¿César? —espero tenga buenas noticias. Había mucha interferencia—. Ya tengo las coordenadas del lugar donde tienen a Maju. —contuve las ganas de llorar, me quedé mudo por un segundo con mil sentim